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Panadería Victoria, teléfono n°46.

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“Númeroooooo”, decía una voz de mujer al otro lado del teléfono por allá en los años 80 en los que uno tomaba el pesado auricular del teléfono fijo y como por arte de magia la voz te preguntaba por el número con el que te querías comunicar.

46 era el número de la Panadería “Victoria” y de mi casa; 47 el de la Panadería “La Selecta” y el de la casa de sus dueños los Arbea; el 2 el del Banco de Chile (y lo recuerdo no porque me interesara mucho el tema bancario sino porque el mismo número correspondía al de la casa del agente del Banco y yo era amiga de su hija); 9 el de carabineros; 13 el del hospital… son los que recuerdo… en la ciudad de San Fernando donde todo comenzó.

Ahí se formó mi familia, hasta San Fernando llegó mi abuela Gabriela Vega Soberón acompañando a su hermano Manuel Vega Escandón para ayudarlo a trabajar en la Panadería Victoria (serían los años 40 y algo), en barco llegó desde España al Puerto de Valparaíso.

Siempre me pregunto por qué fue la única mujer de su familia que se vino a Chile y además siendo soltera (de nueve hermanos -cinco hombres y cuatro mujeres- cuatro hombres se vinieron a Chile y se convirtieron en “indianos”, el quinto que es el tío Lucas quedó ciego siendo un niño cuando una granada perdida después de un bombardeo en el marco de la guerra civil española explotó en sus manos juguetonas y creo que eso lo llevó a no aventurarse a viajar. Mi abuela fue la única de sus hermanas en venirse.) ella no da una buena razón aparente solo que se vino, que sus hermanos estaban acá… en realidad no importa por qué se vino, a sus casi 90 años podemos darnos cuenta que si ahora tiene carácter y fuerza, a los 20 y algo debe haber tenido el doble como para tomar sola un barco, viajar por lo menos un mes, llegar a Valparaíso y ser recibida por un matrimonio que ni conocía ya que el tío Manuel no pudo viajar ese día a buscarla…

“Númerooooo…” 46, Panadería Victoria…

Dicen que en los años 40 era la panadería que más quintales de harina hacía al día, ubicada al lado de la Estación de Ferrocarriles, el paseo preferido de los jóvenes y las familias de esa época. Mi abuela recuerda que pese a la resistencia de su vigilante hermano y a que trabajaba como bruta en la panadería el gusto que se daba era pintarse los labios, la verdad es que ese gusto se lo da hasta el día de hoy, no puede andar sin los labios pintados.

La otra parte de la historia apareció años después en España, en un viaje de mi abuela a su tierra natal conoció a Pedro Pablo González Blanco, fueron novios, se casaron y no le costó mucho convencerlo para irse a Chile. Así con poco tiempo de embarazo volvió y juntos empezaron a escribir una nueva historia, de la que soy parte hace 35 años…

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